El otro día hice una de esas cosas que nunca pensé que haría. Tampoco es que sea muy raro en mí, porque hay infinitas cosas que juraría no hacer nunca y que acabo haciendo, pero esto fue especialmente sorprendente. Fui a ver pasar el bus de la selección por Madrid… ¿se puede estar más colgada? Porque a fin de cuentas qué es: ver un autobús con gente borracha dentro. Vamos, que me podía haber ido el sábado 5 a Avenida de América a ver los autobuses salir hacia Pamplona y la experiencia habría sido parecida. Encima seguro que la mitad van de rojo, porque los uniformes no nos gustarán nada, pero mira, gana la selección y la gente no se quita la camiseta de España ni para ducharse.

Pero claro, al final el profe de sociología va a tener razón, y los hombres nos dejamos llevar por la masa, no por el bicho verde este que algunos llaman Hulk, aunque si viniera seguro que también nos puede llevar, y aupas; pero no, la gente se deja dominar por el resto. Y así, si durante 48 horas ves gente de rojo cantando podemos y llorando cada vez que ve un balón de fútbol, pues al final acabas siendo como ellos. Eso sí, sin camiseta de España, que a una que es del norte lo de los signos patrióticos le cuesta asimilarlo, que le voy a hacer. Pero sí, fui a la celebración de la Eurocopa. Y total, realmente, ¿qué celebración era eso? Cuatrocientas mil personas hacinadas en una plaza para ver a un calvo cantar todas las versiones habidas y por haber del “camarero…”, a Manolo Escobar cantando “Qué viva España” y otros 10 jugadores pegándose con un plástico mientras beben lo que según Camacho eran fantas de naranja… que por cierto, ahora entiendo los resultados de la selección mientras él fue seleccionador. Seguro que llegaban todos vomitando y este pobre se tragaba la típica historia de “pero si sólo he bebido una coca cola, será el pan, que me ha sentado mal”. En resumen, si quitamos las banderas y la pantalla con la repetición de los mejores goles, fue como ver el chupinazo.

No quiero tampoco ir de cínica, que yo me emocioné como todo el mundo y me vi todos los partidos en grupo como se debe hacer. Bueno, los vi pero de la forma B. Vamos a decir que hay dos formas de ver el fútbol: está la forma A y la forma B. En un grupo que ve un partido de la forma A se escuchan frases como: “cabrón”, “eso es falta”; “XXX ya podía haber jugado así cuando estaba en el Atlético” o “no os confiéis, que en el año 84 cuando en semifinales se enfrentaron a xxx también iban 2-1 y al final tras el gol de xxx acabaron perdiendo”. Si el grupo pertenece al tipo B las frases que se escuchan son “¿este es el que se ha casado con la Bermudez?, pues sí que se le ve un poco raro”; “¿Por qué no se ponen los jugadores coleta? No les da asco llevar el pelo sudado?” o “¡Qué mono es Casillas! Y encima sencillo porque estando ya en el real Madrid iba en metro a entrenar”. Cada uno ahora que se incluya en el grupo que quiera. Yo personalmente tiendo más hacia el B, aunque he de decir que sí me gusta el fútbol… bueno, los deportes en general. De hecho, estoy deseando que lleguen las olimpiadas para tragarme interminables luchas de esgrima, atletismo, gimnasia y lo que me echen.

Pero antes de eso hay otra cosa importante; de hecho, el evento del año, la semana por excelencia, las fiestas más importantes del mundo… chicos, chicas, llega San Fermín. El espíritu del fútbol da paso al espíritu sanferminero, que es aún más juerguista. A mí ya me ha invadido, de hecho lo puedo hasta oler. El rojo dará paso al blanco y rojo; y las banderas a los pañuelicos; los balones se convierten en toros, y en vez de a Luis Aragonés adoraremos a una pequeña estatua que nos guía en el encierro dándonos su bendición. Así pues: VIVA SAN FERMÍN, GORA SAN FERMÍN.