Dios creó el mundo en 7 días, y al séptimo se sentó a descansar. Tumbado en su sofá sacó la lista de cosas que había preparado antes de crear el mundo, para asegurarse de que había colocado todo:

  1. Adán… ok
  2. Eva… ok
  3. Serpiente….ok
  4. árbol….. ok
  5. montaña….ok

….

1.459.325. Agencia de Comunicación Órbital

¿Órbital? ¡Mierda! Se había olvidado de poner a Órbital… Agobiado, Dios buscó un hueco en el mundo en el que cupiese, pero se dio cuenta de que entre la serpiente, el árbol y la montaña ya no le cabía nada más. ¿Qué iba a hacer? Bueno, tampoco hacía falta que cundiese el pánico, al fin y al cabo él era Dios, y él había hecho la lista, con lo que lo único que tenía que hacer era tachar Órbital de ésta y lanzar la agencia al vacío, así sería como si nunca hubiese existido. Dicho y hecho, borró con tipex el número un millón cuatrocientos cincuenta y nueve mil trescientos veinticinco y lanzó el pequeño edificio al espacio. Pero como Dios era muy curioso no pudo evitar mirar a ver dónde había caído, y se encontró con que Órbital estaba al revés y clavado en Marte. La pena le invadió: no podía dejar a los pobres orbitalianos boca abajo en Marte, sin poder volver a sus hogares en el mundo por la noche. Así fue como decidió que iba a construir un camino entre el mundo y Marte.

No sé si alguna vez os habéis encontrado en la tarea de construir una carretera en el espacio, pero si no es así os diré que llevar este proyecto a la práctica es bastante más difícil que diseñar la idea en la teoría. Dios pudo comprobarlo nada más comenzar el trayecto, pero esto no le echó atrás en su empeño. Del fin de mundo de repente salía una carretera hacia arriba, que no era lisa del todo porque por la falta de gravedad se levantaban montañitas. Además, como Dios no era muy manitas, calculó mal el asfalto y al llegar al final no le quedaba para terminar la vía, así que cogió unas arenas movedizas que le habían sobrado de la creación del mundo y para que este fin de trayecto fuera menos lúgubre lo adornó con unos rastrojos del Sahara. Dios quedó encantado con su proyecto, pero los pobres orbitalianos no estaban tan contentos. Cada día cogían el transporte público hasta el final del mundo, donde empezaban el camino de Dios andando. Pero como la carretera se alzaba en el espacio, los coches no soportaban la falta de gravedad y volaban por ahí; así que los pobres peatones tenían que esquivar no sólo los coches que circulaban sino también los que volaban. Luego avanzaban por el camino hasta que llegaban a las arenas movedizas, en las que diariamente desaparecían al menos dos personas. Y finalmente llegaban a su agencia en Marte, pero como ese planeta no tenía vida, no había nada, así que tenían que llevarse el café desde casa, así como la comida, que se pudría antes de poder comerla por el contacto con la atmósfera de Marte, que era de diferente composición a la del mundo. A esto hay que añadir que cada día, antes de llegar al camino divino, pasaban 35 horas en el transporte público hasta el final del mundo. Esto los días buenos porque claro, no siempre podía ser así. Cuando Dios envió el diluvio Universal, los pobres orbitalianos tenían que ir en el transporte público con pajitas para respirar y trajes de neopreno; cuando Dios envió la plaga de langostas, los orbitalianos continuaban en el transporte público, con las langostas ocupando sus asientos.

Así un buen día, uno de los orbitalianos decidió que no podían continuar así y se acerco a la oficina de Dios: “Dios por favor, queremos que nos traslades al mundo”. Dios se compadeció de su súplica y decidió buscar un nuevo emplazamiento para la agencia. Buscó durante mucho tiempo y finalmente encontró uno en un sitio del mundo llamado Madrid. Llamó a su secretaria y le dijo que escribiera un email oficial a la agencia anunciando que había encontrado un sitio en el mundo para ellos y que en breve se mudarían. Ese día hubo una gran fiesta en Órbital acompañada de lloros, abrazos y grandes cantidades de alcohol. Pero superada la resaca, volvió la normalidad. Y el tiempo pasaba y en la agencia no recibían noticias de Dios. Cuando le escribían para preguntarle cuándo podrían cambiarse, la secretaria les respondía que estaba arreglando el sitio para que estuvieran más cómodos. Y así transcurrieron los meses y los pobres orbitalianos continuaban haciendo cada día su camino preguntándose con resignación que si realmente era cierto que tenían un lugar en el mundo, por qué no estaban en él.